Por Dr. Eduardo Tovar Martínez

En una carrera de Fórmula 1 casi todo sucede demasiado rápido. También aquello que uno preferiría que no ocurriera. Durante el Gran Premio de México, celebrado el pasado domingo, Valtteri Bottas se aproximaba a la primera curva del Autódromo Hermanos Rodríguez cuando la suspensión delantera izquierda de su Cadillac cedió repentinamente. El automóvil perdió el control, giró y terminó golpeando de espaldas las barreras de protección. La carrera tuvo que detenerse con bandera roja. Bottas permaneció algunos momentos dentro del monoplaza, fue atendido por el personal médico y, afortunadamente, pudo salir por sus propios medios.

Al ver las imágenes, hubo algo que me llamó especialmente la atención. No fue solamente la violencia del impacto, sino el contraste entre dos aspectos de la ingeniería: una estructura que debía resistir terminó fallando, mientras otras, diseñadas para proteger al piloto durante un accidente, tuvieron que entrar en acción. Y es que, aunque parezca contradictorio, fabricar el automóvil más resistente posible no necesariamente significa fabricar el más seguro.

Pensemos primero en la suspensión. En un vehículo convencional solemos relacionarla con la comodidad, los baches o esos topes que aparecen sin previo aviso. En un Fórmula 1, sin embargo, su trabajo es bastante más complejo. Además de controlar los movimientos del automóvil, debe mantener las ruedas en la posición adecuada mientras soporta enormes esfuerzos durante las frenadas, las curvas y las aceleraciones.

Cuando un piloto frena al final de una recta, las cargas se redistribuyen hacia el eje delantero. Los neumáticos transmiten fuerzas al conjunto de la rueda, la suspensión y el chasis. Todo esto sucede mientras los ingenieros intentan mantener las piezas tan ligeras como sea posible, porque unos cuantos kilogramos adicionales también afectan el rendimiento.

Para lograr ese equilibrio se utilizan materiales avanzados, entre ellos compuestos de fibra de carbono y diferentes aleaciones metálicas. La fibra de carbono, por ejemplo, ofrece una excelente relación entre rigidez y peso, aunque sus propiedades dependen de aspectos como la orientación de las fibras y la manera en que se fabrica cada componente. Un material puede ser extraordinariamente resistente y, aun así, fallar si las condiciones superan su capacidad o existe algún daño que comprometa su integridad.

Las causas posibles son numerosas. Una carga excesiva, esfuerzos repetidos, daños anteriores o problemas en alguna unión pueden terminar comprometiendo una estructura. Aquí conviene aclarar que Cadillac todavía investiga qué ocurrió con la suspensión de Bottas. Atribuir el accidente a fatiga del material o a un defecto de fabricación sería adelantarnos a los resultados. Lo que sí podemos hacer es entender por qué el impacto representaba un desafío tan importante.

Existe una ecuación bastante sencilla que describe la energía cinética de un cuerpo en movimiento:

E = ½ m × v²

Donde m representa la masa y v la velocidad.

La parte interesante está en ese pequeño exponente dos. Si duplicamos la velocidad de un vehículo, manteniendo su masa, su energía cinética se cuadruplica. Por supuesto, esto no significa que conozcamos la energía exacta del choque de Bottas. Para calcularla necesitaríamos, entre otros datos, su velocidad real al impactar. Pero la relación nos ayuda a entender por qué controlar la desaceleración es fundamental en el automovilismo.

Aquí entran en escena las barreras TecPro, utilizadas en distintos circuitos del mundo. Estos sistemas combinan materiales como polietileno, espuma de poliuretano y elementos de refuerzo, dependiendo del tipo de módulo. Su función no consiste simplemente en impedir que un automóvil continúe avanzando, sino en absorber parte de la energía del impacto y favorecer una desaceleración menos brusca.

No basta con detener el automóvil. Importa muchísimo cómo se detiene.

Si una estructura puede deformarse y aumentar la distancia o el tiempo durante el cual se produce la desaceleración, es posible reducir las fuerzas promedio involucradas. Por eso, en determinadas zonas de un vehículo de competición, la deformación controlada no representa necesariamente un defecto, sino una característica deliberada del diseño.

Y no todo depende de las barreras. Los Fórmula 1 cuentan también con estructuras específicas para absorber impactos. En la parte trasera, por ejemplo, existe un elemento de protección ubicado detrás de la caja de cambios. A esto se suma la célula de supervivencia que rodea al piloto, construida con materiales compuestos de alta resistencia, además de otros dispositivos de seguridad.

Cada uno cumple una función distinta. Mientras unas estructuras deben conservar su integridad para proteger el espacio ocupado por el piloto, otras están concebidas para absorber energía mediante su deformación. No podemos determinar cuánto contribuyó cada componente en este accidente sin conocer los datos correspondientes, pero esa combinación es parte esencial de la seguridad moderna.

Como ingeniero, pasamos buena parte de nuestro tiempo buscando materiales más resistentes, más rígidos y ligeros. Sin embargo, también necesitamos comprender cómo se deforman, cómo se fracturan y qué sucede cuando dejan de cumplir su función. A veces, la mejor solución no consiste en evitar que algo se rompa a cualquier costo, sino en decidir qué debe permanecer intacto y qué puede sacrificarse para proteger algo más importante.

El Cadillac de Bottas terminó seriamente dañado y la investigación de su suspensión apenas comienza. Sería un error considerar el accidente como un éxito de ingeniería, porque hubo una falla que merece respuestas. Pero también sería injusto ignorar todo el trabajo acumulado en materia de seguridad que permite afrontar impactos de esta magnitud.

Quizá estamos tan acostumbrados a ver pilotos salir caminando de automóviles destrozados que hemos comenzado a considerarlo normal. No debería serlo.

Al final, me gusta pensar que uno de los mayores avances de la Fórmula 1 no está únicamente en conseguir que los coches sean cada vez más rápidos, sino en haber aprendido qué hacer cuando, inevitablemente, algo sale mal.

Ganar unas décimas de segundo es impresionante. Conseguir que un piloto regrese a casa después de un accidente como este, lo es todavía más.